viernes, 1 de mayo de 2020

SEGUNDO CAPITULO DE MIS MEMORIAS

 

 Hoy 1 de Mayo de 2020, Fiesta del Trabajo.

 

Voy a transcribir el segundo capítulo de mis memorias como Agente de Extesión Agraria con destino en la oficina de La Palma del Condado, provincia de Huelva, que hacen referencia a un agricultor con el que mantuve una gran amistad.

 

MI BUEN AMIGO: JOAQUÍN LEPE CEPEDA; “EL QUINI”.


Creo que debo de poner ahora esta otra historia, pues enlaza en época y en cuanto a la dedicación de su protagonista, ya mencioné a Joaquín en el capítulo dedicado a Manuel, lo conocí en la misma época, en esos días también conocí a otros hortelanos, que no había mencionado antes, se trataba de los hermanos Jorge y Ramón, con su huerto en “Baya” al lado de esa otra huerta de Manuel “La Liebre”; y, aunque los visitaba de vez en cuando, fueron menos influyentes en mi trabajo como extensionista. Recuerdo a otros hortelanos pero que al ser mas introvertidos pasaron mas inadvertidos a mi dedicación, ahora mismo no recuerdo sus nombres. Tan solo he de mencionar a Pedro Pérez García, a Francisco Caro Correa “Carito”, a los de “la manta”, Luís y Diego, a Juan Lagares Varela, de mote “Ruina”, y a algún otro.

Las huertas de Joaquín “El Quini”, estaban relativamente cerca unas de otras, eran, creo, que tres, la principal la llamaba el como “El Corte Inglés”, pues en ella cultivaba la mayor parte de sus producciones, y decía que por eso la llamaba así, pues allí había de todo; siempre que iba a visitarlo, allí me lo encontraba.

Fue el primer hortelano en poner un invernadero túnel, aprovechando los brotes jóvenes de eucalipto, técnica que popularizó en Bonares nuestro compañero Fernando Ñudi Sánchez-Arjona, era en realidad un macro túnel bastante barato, y que empezó a emplearse en los cultivos de hortalizas como tomates y pimientos, por aquellas fechas aún se cultivaban las fresas al aire libre, con solo el acolchado de plástico negro, y sólo en algunas fincas empezaba a emplearse el riego localizado debajo del plástico. Se empleaba una técnica para el abonado que consistía en un agujero en el plástico negro entre cada cuatro plantas de fresas, donde se aplicaba nitrato potásico con una cucharilla de café, una vez a la semana, y el riego se hacía por aspersión.

Los brotes jóvenes se cortaban de las cepas de árboles viejos que, después de una corta, brotaban en gran número, se dejaban dos o tres brotes y los demás se cortaban. Para hacer el túnel se clavaban en el terreno dos filas de estacas con la separación, entre ellas, lo suficiente a la anchura deseada, y a continuación se amarraba a cada una de ellas uno de los brotes jóvenes, recién cortados y muy flexibles, se arqueaban uno hacía un lado y el otro al contrario y se amarraban entre ellos, formando un arco, una vez formados todos los arcos se colocaban varas largas del mismo material para darles mayor sujeción y resistencia; se procuraba forrar las partes punzantes con algún material plástico para que no rompiese el plástico al formar el túnel, se sujetaba éste con cuerdas y ya teníamos hecho el invernadero.

Esta técnica no duró muchos años, porque el material, en si, era poco resistente a los vientos, y se fue implantando los arcos de hierro galvanizado que luego se fueron adaptando a una mejor mecanización en el montaje y para darle mayor resistencia a los vientos. Estos vientos del oeste fueron los que, algunos años, causaron un gran desastre.

Siguiendo con mi amigo Joaquín, también el se fue adaptando a las nuevas técnicas de los túneles, y, después de una visita a una explotación de claveles en Sanlucar la Mayor, fue el primero en plantar este cultivo en la provincia de Huelva.

El, como otros hortelanos de La Palma, comercializaba sus producciones en el mercado de abastos local, y cuando puso los claveles, también los vendía allí, así que solo cultivaba los que podía vender, unos 5.000 esquejes, entre todos los colores.

Los viernes ponían un mercadillo cerca del mercado de abastos, los palmeritos lo llamaban “el pesetilla”, pues en el, como en todos los mercadillos, se vendía a bajos precios, y la mayor parte de los vecinos aprovechaba ese día para realizar sus compras. También ese día se vendía más en el mercado de abastos. Me acuerdo que invité a mi amigo a un viaje, que, con motivo de un cursillo, había organizado, aunque no recuerdo ni el lugar a visitar, ni el tipo de cursillo que habíamos dado. El viaje era un jueves, y la respuesta de Joaquín fue la siguiente: que no podía ir al viaje porque era un jueves y el día siguiente era viernes; al principio me quedé pensativo, hasta que comprendí los motivos por los que mi amigo no vendría al viaje, y es que al ser el viernes el día que mas venta se hacía en el mercado, el jueves anterior tenía que recoger mayor cantidad de productos de su huerta, de aquí la imposibilidad de asistir al viaje.

Uno de los años programé un cursillo de horticultura, con la intención de introducir nuevas técnicas en los diferentes cultivos, el cursillo duraba de lunes a viernes, y el último día realizamos un viaje a Chipiona, para visitar in situ los cultivos de tomates y zanahorias, predominantes en aquellos años en esa zona, todavía no existían invernaderos ni cultivos de flores. A la ida paramos en el cruce de La Cabezas para desayunar, allí compró Joaquín un hermoso pan de varios kilos de peso, que luce en las fotos, en blanco y negro que hice durante el mismo. Como éramos pocos para contratar un autobús, alquilamos dos taxi y mi coche, el SEAT 124, con el cual me perdí al terminar la comida que hicimos en el bar de Saludar de Barrameda, quizás por lo abundante de la comida y a la buena manzanilla que bebimos, ese despiste fue por las calles de ese pueblo y llegué el último a la cooperativa de Chipiona en lugar de ser el primero en llegar.

A la vuelta, paramos en Jerez para merendar, tomamos unos bocadillos y un poco de vino, se nos hizo de noche y continuamos el viaje hasta La Palma, sin parar y con buena velocidad, pues en aquellas fechas no existía el límite que ahora existe, creo que tardamos sobre  hora y media en llegar, contando que aún no habían construido ninguna autopista.

A la semana siguiente nos reunimos para comentar el viaje y pagar a los taxistas, y éstos me comentaban que yo venía demasiamos aprisa en el viaje de vuelta, comentamos las incidencias y lo que nos había gustado lo que visitamos.

Los siguientes años transcurrieron sin grandes incidencias dignas de mencionar, quizás tan solo mencionar un par de bodas de los hijos mayores de Joaquín, a las que asistimos como invitados, el hijo mayor Joaquín y la hija María José, por la que su padre sentía especial predilección, cuyo marido, hijo de otro agricultor, es abogado.

Un año viniendo de estar un rato en El Rocío, en esta fiesta, ocurrió algo inevitable, un accidente, el coche conducido por su hijo chocó con otro coche, resultaron todos heridos, de mas a memos consideración, menos Joaquín que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, y murió en el acto. ¡¡Una gran perdida!!.

Mi relación con su familia se ha mantenido con una relación muy cordial, durante todos los años, a continuación de lo narrado. Su hijo mantiene la explotación, ya que las hermanas se han mantenido al margen de ella, sólo que se ha ido adaptando a los nuevos tiempos con cultivos de berrys, que comercializa en la cooperativa Frutos del Condado, que ayudé a constituir a principio de los años ochenta.
 

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